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Primer Informe del Registro de Casos de Violencia Estatal - RECAVE




A partir de las asunciones de los gobiernos nacional, de la provincia de Buenos Aires y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a principios de diciembre de 2015, comenzaron a conocerse situaciones de violencia de diverso tenor ejercidas por distintas fuerzas de seguridad y policiales: excesivo e injustificado uso de armas de fuego; operativos de saturación policial sin motivo; razzias; represión ante protestas sociales y sindicales; ingresos brutales a barrios; actividades de control abusivas,  etc.

Si bien es cierto que estas situaciones no se iniciaron con la nueva gestión del macrismo, sino que son prácticas históricamente ejecutadas por las fuerzas de seguridad, lo cierto es que la desarticulación de diversas áreas del gobierno nacional que ejercían instancias de control, ha generado lo que parece ser una vía libre al incremento de esas violencias y abusos.

A ello se suma el fallo dictado los últimos días de diciembre por el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el que la máxima autoridad judicial de la CABA habilita a las policías locales y federales a requerir arbitrariamente documentos de identidad en la vía pública, al afirmar que ello forma parte de las tareas habituales de "control y prevención del delito". Esto implica un aval y una legitimación del poder judicial a prácticas que violan garantías básicas de todas las personas, y muy en especial a las que son habitualmente construidas como sospechosas: jóvenes, habitantes de barrios populares, personas sin techo, etc. Prácticas que, como se sabe, han llevado al Estado Argentino a ser condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Caso Bulacio, sentencia del año 2003)

Asimismo, y en este contexto, el Estado viene interviniendo de modo violento y con una utilización indiscriminada de su fuerza en dos situaciones que, a la par que aumentan los despidos, la inflación y las situaciones de desamparo social, también aumentan: la protesta social, y la economía informal. Así, hemos visto casos de represión a trabajadores/as en lucha, y persecución y uso de fuerza frente a situaciones que tienen su origen en la falta de trabajo -como es el caso de los "manteros"- o la vulneración de derechos -como en los casos de las personas en situación de calle-

Estas prácticas no surgen de la mala actuación de uno o algunos funcionarios públicos, sino que constituyen prácticas ilegales y sistemáticas, sostenidas por el aparato del Estado de modo formal, a través de la elaboración de normas de baja jerarquía -resoluciones, decretos, instrucciones- pero de enorme efectividad, en tanto no son cuestionadas por el aparato judicial.

A partir de esta caracterización, el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC), la Asociación Civil de Familiares de Detenidos en Cárceles (AciFaD) y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH) hemos resuelto construir un Registro de Casos de Violencia Estatal (RECAVE), con el objetivo de relevar las situaciones que se desarrollen en la CABA  y el Conurbano, y el modo en que los casos se difunden a través de los medios.

Con ese objeto, conformamos un equipo de abogados/as, sociólogas, familiares y militantes de derechos humanos; y creamos una página de Facebook, un correo electrónico, en el que invitamos a quienes hayan padecido situaciones de violencia estatal cometidas por fuerzas de seguridad o por parte del sistema de justicia, o por parte de cualquier otra institución del Estado, o conozcan casos de este tipo, a que los compartan. También invitamos a quienes quieran hacerlo personalmente, a que se acerquen los martes de 16 a 19 a la sede de la LADH, sita en Avda. Corrientes 1785 2do. C.

Teniendo en cuenta todo ello, este primer semestre hemos decidido llevar adelante un relajamiento de casos de violencia estatal que parte de la base de la información publicada por los medios de comunicación de alcance nacional.

Los resultados de este primer relevamiento pueden leerse acá:  Primer Informe - RECAVE - Enero Junio 2016

Emergencia en Seguridad: el narcotráfico como chivo expiatorio.

El narcotráfico se ha convertido en el nuevo chivo expiatorio de las políticas de seguridad. En nombre del narcotráfico, de combatir este “gran mal que nos azota”, el gobierno de Mauricio Macri, de la mano de su Ministra de Seguridad Patricia Bullrich, ha comenzado a desplegar diversas políticas represivas.
En menos de dos meses, el flamante gobierno ha declarado la Emergencia en Seguridad, y el narcotráfico se lo ubica en el foco del problema.
La habilitación de derribo de aeronaves sospechadas de tener carga de drogas ilícitas, ha sido una de las primeras medidas tomadas en pos de este “combate”. Esta medida, no sólo no cambia aquella situación previa, generadora del narcotráfico, sino que se convierte lisa y llanamente en una pena de muerte –incluso pudiendo incurrir en un error y derribar una aeronave con personas que nada tienen que ver con el narcotráfico.
Otra de las medidas que ya se ha difundido, habilita la intromisión de las fuerzas de seguridad en los barrios. La propia Ministra de Seguridad aseguró, el pasado miércoles 20 de enero, que “vamos a ir entrando en aquellos lugares en los que consideramos que el poder está en manos del narcotráfico y no del Estado. Lo vamos a hacer de manera confidencial, son operaciones con información confidencial. Vamos ir entrando, ya estamos trabajando con los grandes distritos”.

¿Qué hay detrás de estas políticas?
Nada menos que la llamada “guerra contra las drogas”: un modo de “combatir” a las drogas que en los últimos 50 años ha tenido un enorme impacto en el funcionamiento de los sistemas de seguridad, de justicia y en las cárceles de América Latina.
En el marco de esta “guerra contra las drogas” y de la mano de las distintas Convenciones se ha dispuesto progresivamente instaurar una política de control total del ciclo de las drogas, adhiriendo a lo que fue conceptualizado como el paradigma prohibicionista. Es decir, a la postura ideológico-política que entiende que el fenómeno de las drogas debe abordarse a través de la prohibición de su uso, producción y venta.
Este paradigma, como decíamos no es nuevo. Liderado por EEUU, continúa fuertemente consolidado a nivel mundial, y en nuestro país, amparado en la legislación penal –la Ley 23.737- continúa promoviendo una política de “tolerancia cero” respecto no sólo a la comercialización sino sobre todo al consumo. 
La sostenida búsqueda por parte de los Estados Nacionales por regular los consumos de drogas y combatir el narcotráfico arroja como saldo al inicio del siglo XXI una escalada cada vez mayor en la prohibición y reglamentación de dichos consumos. En contraposición con los objetivos que persiguen las políticas nacionales e internacionales de “lucha contra las drogas”, los resultados evidencian no sólo que el narcotráfico no se ha acabado, sino que ha aumentado considerablemente.

¿A quién se persigue a través de la “Ley de Drogas”?
En nuestro país, como en la mayoría de los países americanos, rige una ley -23.737- que penaliza la producción, comercialización y tenencia de “estupefacientes”. Sin embargo, si bien su objetivo manifiesto es principalmente “combatir al narcotráfico”, las estadísticas demuestran que la persecución hasta el momento se ha concentrado en los eslabones más débiles de la cadena: los usuarios y el microtráfico.
La información del Ministerio Público Fiscal permite una primera aproximación al tipo de delito por infracción a la ley 23.737. Tomando los datos de todo el país, descartando aquellos no especificados, se puede afirmar que los delitos de tenencia de estupefacientes (simple y para consumo personal) en conjunto resultan entre dos tercios y tres cuartos de las causas por infracción a esta ley. El valor más bajo se registra en el año 2002 (66,1%) y el más alto en el año 2008 (77,46%). En este último año las tenencias para consumo eran el 43,35% y las tenencias simples el 34,11% (Corda, 2014[1]).




En este sentido, se demuestra que la actividad de aplicación de la Ley 23.737 por parte de las agencias policiales ha alcanzado a los usuarios de drogas en aproximadamente un 70% de los casos, procedimientos que en general se llevan a cabo con un alto grado de discrecionalidad y con las consecuencias que dichos procesos generan en las poblaciones más vulneradas (que son siempre las más afectadas).
En la Argentina, según datos de la Dirección Nacional de Gestión de la Información Criminal del Ministerio de Seguridad de la Nación de la Argentina, entre 2010 y 2012, las detenciones de la Policía Federal que se originaron en la infracción a la ley de estupefacientes oscilaron entre un 20 y un 25% del total. La mitad de los procedimientos por drogas (49%) se encuadraron en acciones de “prevención policial”, en las que el policía alegó que la detención fue realizada por la sospecha de que la persona estaba cometiendo un delito. El segundo gran grupo de detenciones (38%) involucró a personas que –siempre según la policía– fueron detenidas “in fragranti” en el acto de consumir, porcentaje que muestra la persecución a los consumidores y usuarios. Le siguen las detenciones motivadas por denuncias o llamados al 911 (6%). Solo el 4% de las detenciones por drogas tuvieron lugar en el marco de allanamientos y solo el 2% se realizaron por una orden judicial (CELS, 2015:14[2]).



Fuente: Dirección Nacional de Gestión de la Información Criminal del Ministerio de Seguridad de la Nación de la Argentina

Lo que estos datos demuestran y los trabajos citados pretenden dar cuenta es que la mayoría de estas detenciones se producen en el marco de la “prevención policial”, sin una orden judicial, lo que torna evidente el amplio margen de discrecionalidad que tienen los integrantes de las fuerzas de seguridad y que, en muchos casos, la aplicación de la ley de drogas funciona como una forma de justificar procedimientos ya realizados y configura una herramienta policial para concentrar la vigilancia sobre determinados grupos vulnerados: jóvenes, migrantes, trabajadores informales de la vía pública, trabajadores y trabajadoras sexuales, entre otros.
Si bien la actuación de la justicia penal pone cierto límite a la criminalización iniciada por la agencia policial –debido a que la mayoría de las causas judiciales iniciadas no terminan en condena-, no logra evitar el es­tigma que produce la selección policial, o el hecho de que lo que comienza con una simple identificación pueda derivar en una requisa violenta, en maltratos, amenazas o coacciones, en golpes, golpizas, apremios, torturas, o incluso en la muerte.

Microtráfico
A partir de los años noventa, la persecución se concentra también en las personas que comercian o transportan por las fronteras pequeñas cantidades de drogas ilegales, por lo que un tercio de las personas detenidas están en las cárceles federales por esta clase de delitos (Corda, 2014). Es por ello que puede afirmarse que a la clásica selectividad del sistema penal orien­tada a las personas más vulnerables económica y socialmente, se suman en la aplicación de la “Ley de Drogas” las condiciones de extranjero y de mujer.
De acuerdo al discurso y las medidas tomadas a cabo por el actual gobierno, los lineamientos a seguir refuerzan y reactualizan esta forma de encarar el problema.

¿Cuáles han sido algunas de las consecuencias de la “guerra contra las drogas”?
Un informe preparado para la Audiencia Regional ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), realizada en marzo de 2014, por pedido de 17 organizaciones de 11 países de América, da cuenta precisamente no sólo que la credibilidad y legitimidad de este paradigma está seriamente erosionadas sino que ha ocasionado serias consecuencias. Entre ellas:
       El combate policial y militar ha incrementado de manera exponencial la militarización y los niveles generales de violencia
       Los conflictos violentos han recrudecido en toda la región –principalmente en Latinoamérica-, en especial en las zonas empobrecidas profundizando el deterioro de las condiciones de vida y la estigmatización de sus habitantes.
       Impactan de manera desproporcionada en ciertos grupos especialmente vulnerados, y por esa vía, reproducen la discriminación y la exclusión social
       No ha disminuido el consumo ni el tráfico de drogas (en algunas zonas incluso ha aumentado)
       Ha incrementado la criminalización del consumo de drogas, poniendo en marcha mecanismos represivos y desestimando las dimensiones de salud y derechos humanos.
       Ha habilitado las detenciones masivas y promovido el encarcelamiento en condiciones inhumanas de los sectores más vulnerables (principalmente asociados al microtráfico)
       Ha intensificado la intromisión de los aparatos punitivos

¿Puede hablarse entonces de un rotundo fracaso de la “guerra contra las drogas”?
Un análisis que sólo tome como muestra estos datos, podría concluir en que el paradigma prohibicionista ha fracasado rotundamente. Sin embargo, su perdurabilidad se debe al “éxito” que se le atribuye respecto, por un lado, al “poder de policía” que ha logrado, principalmente a través de su intromisión en las políticas internas y de la mano del aparato punitivo del Estado –Justicia penal y Policía-; y por otro, a las representaciones sociales, estereotipos, discursos que ha logrado instaurar. Discursos que en general se han centrado en fomentar políticas de disciplinamiento y normalización respecto a las personas que llevan a cabo dichas prácticas (los usuarios de drogas), y en habilitar la intromisión de las fuerzas de seguridad. 
En los barrios más vulnerables las consecuencias de estas políticas se evidencian más crudamente.

La “guerra contra las drogas” en los barrios
Cuando la Ministra dice “vamos a ir entrando en aquellos lugares en los que consideramos que el poder está en manos del narcotráfico y no del Estado”, se refiere principalmente a los barrios más vulnerables, donde de acuerdo al discurso oficial “está enquistado el problema del narcotráfico”.
Entrar en “aquellos lugares”, implica aumentar la presencia de las Fuerzas de Seguridad en ellos y radicalizar su accionar.
El accionar de las Fuerzas de Seguridad (principalmente policía y gendarmería) en los barrios es un tema muy complejo, y ha sido abordado por distintos autores y organizaciones. Complejo porque se ha convertido en los últimos años en la institución del Estado con mayor presencia en los barrios más vulnerables, a veces en consonancia y a veces –la mayoría- contradiciendo los principios del Estado Social; porque ha sido blanco de denuncias por violación de derechos humanos vinculados a su accionar (violencia institucional, “gatillo fácil”, amedrantamiento y criminalización); porque se la ha vinculado a redes de corrupción de los barrios, tolerando e incluso participando de las mismas; pero al mismo tiempo porque, a pesar de ello, sigue siendo aún un organismo al que se recurre para intervenir ante determinados conflictos entre vecinos (discusiones, robos, violencias, etc.), para denunciar delitos –aún con la sospecha de coparticipación de la misma institución-; y/o para mediar ante situaciones conflictivas originadas por problemas sociales o de salud (como los casos de consumo de drogas). 
A diferencia de lo que ocurría en la década del ochenta, cuando las policías de alguna manera quedaban por fuera del escenario de estos barrios, durante el nuevo milenio, se ha registrado una modificación en la dinámica de esta institución. Esta modificación ha radicado precisamente en una mayor penetración policial causada por el aumento de conflictos y robos en los barrios y la progresiva participación de algunos policías o ex policías en actividades ilegales. Esta política ha redundado en una transformación en la apropiación y control de los territorios, y por consiguiente de su población. Existen diversos registros que dan cuenta del accionar policial en estos territorios descriptos en términos de hostigamiento, amedrentamiento y persecución en particular a los jóvenes. Así, los jóvenes que pueblan los barrios pobres, quienes deberían ser los destinatarios privilegiados de acciones que vienen procurando el crecimiento con inclusión social, están sujetos a rutinas de abuso y violencia policial y penitenciaria que erosionan las políticas de carácter inclusivo que se deberían desarrollar en esos mismos barrios. Hay zonas del Estado en las que rigen prácticas que son verdaderos obstáculos para desplegar acciones desde otros sectores del mismo Estado en pos de promover condiciones dignas de vida.
La “guerra contra las drogas” así, será un motivo más para reactivar la presencia de las fuerzas de seguridad dentro de los barrios más vulnerados. En nombre de este “combate”, se legitimarían entonces prácticas violatorias de los derechos humanos. Es por eso, que cuestionar este paradigma en pos de los resultados que hasta ahora ha arrojado, se vuelve fundamental.


Silvana Garbi
CEPOC


 [1] Corda, A., Galante, A. y Rossi, D. (2014) Personas que usan estupefacientes en Argentina: de delincuentes enfermos a sujetos de derechos. Intercambios Asociación Civil. Facultad de Ciencias Sociales UBA.

[2] CELS (2015) “El impacto de las políticas de drogas en los derechos humanos. La experiencia del continente americano”. Disponible en: http://cels.org.ar/common/documentos/Drogas_web.pdf


NO EXISTE NINGUNA LEY QUE OBLIGUE A PORTAR DNI


La presidenta del Centro de Estudios en Política Criminal (CEPOC), Claudia Cesaroni, advirtió hoy que "no existe ninguna norma legal" que obligue a los ciudadanos a portar el DNI en la vía pública y criticó a las fuerzas de seguridad por identificar a personas "por su aspecto físico".
La titular de la entidad analizó el fallo que habilita a la policía a pedir la exhibición del documento de identidad en lugares públicos, facultad que, explicó, "surge de la ley orgánica de la policía federal" y ha sido "discutida en muchas ocasiones" por su "carácter discriminatorio, estigmatizante".
En diálogo con radio América, Cesaroni afirmó que "no existe ninguna norma legal que diga que la persona, que nosotros los ciudadanos, estemos obligados a portar los documentos cuando estamos caminando por la calle".

"No lo hacen al azar"

Por eso, preguntó: "¿Qué pasa si no lo tenes (el DNI)? La policía puede conducirte a algún lugar, a una comisaría, una dependencia de la fuerza para completar ese proceso de identificación que no pudo hacer".Sin embargo, el fallo permite a los efectivos exigir la exhibición del documento en el marco de operativos de prevención para identificar a los ciudadanos.

"En general identifican a algunas personas por su aspecto físico porque le parecen particularmente sospechosas, porque se viste de determinada manera, porque tienen determinada edad, tienen gorrita, son pibes que andan con mochila, personas humildes", lamentó.Para Cesaroni, el eje central de la discusión radica en los parámetros que utilizan las fuerzas de seguridad para demorar a una persona para su posterior identificación porque, sostuvo, "no lo hacen al azar" como dice el fallo.
"Hay estándares internacionales de derechos humanos que establecen que una persona no puede ser detenida salvo que haya una orden judicial o está cometiendo un delito", subrayó la titular del CEPOC, quien consideró que la jurisprudencia del fallo "va acompañando los tiempos políticos".
En esa línea, recordó que la Argentina fue condenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la muerte de Walter Bulacio, el joven que falleció tras ser detenido cuando iba a un recital de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Y vaticinó que, a partir del fallo, "muchos casos" llegarán a la comisión Interamericana.
Por último recomendó a los jóvenes "que lleven documento en el bolsillo", pese a que no tenga una obligación legal, porque consideró: "Un adolescente lo va a pasar mal si no tiene el documento".

Publicado en La Nación el 6/1/2016. Ver artículo aquí

LINCHAMIENTO, DISCURSO Y CRIMINOLOGÍA.

Sabido es que en las ciencias sociales la extrema ligazón que el observador posea con su objeto de estudio puede resultar condicionante a la hora de abordar con rigurosidad científica la porción de realidad que intenta analizar. En el caso de la Criminología, entendida aquí como la disciplina social encargada de estudiar los discursos legitimantes del poder punitivo, pareciera ser que dicha relación –además de estrecha- se encuentra severamente atravesada por un conjunto de pulsaciones, hechos catastróficos y otros desmanes que empantanan nuestra labor a diario. Es por ello que la cercanía que los criminólogos tenemos con los hechos delictivos, más en América Latina, nos sitúa hoy frente a un debate: a) el de pensar que el estupor y la indignación social frente al delito puede afectar nuestra visión crítica del sistema penal en tanto nuestras hipótesis se verían influenciadas por la horda informativa que tiñe de sangre nuestras ideas a diario o, en cambio, b) el de considerar provechosa dicha proximidad y beneficiarnos de ella para resolver –más que con rigor científico- con rigor histórico problemas como el de los “linchamientos”. Asimismo, y en referencia a lo anterior, oímos a diario frases tales como: “hay que darle guerra al crimen”, “la cárcel es una puerta giratoria”, la “culpa es de los jueces” y, últimamente, “No al nuevo Código Penal” lo que parecen representar, más que un cúmulo de preocupaciones generales, esquemas tabulados de tinte reduccionista por donde se hacen circular la mayoría de los debates en torno al delito y la seguridad. El último de ellos, quizá el más novato, tiene una extraña relación cronológica con los hechos denominados mediáticamente como “linchamientos” máxime si a estos se los atraviesa desde una visión crítica. Quiero decir con ello que no resulta para nada llamativo que el tratamiento sobre los hechos ocurridos en Rosario, Capital Federal y Mendoza se haya realizado a posteriori del tratamiento periodístico que se efectuó sobre el anteproyecto de reforma del Código Penal, en tanto, según la mayoría de medios de comunicación, éste se correspondería más a un plan criminal elaborado por un grupo de juristas en busca de consagrar la impunidad de los delincuentes que a la búsqueda de una armonía entre los preceptos de orden constitucional y la dinámica de las nuevas formas delictivas. En cambio, lo que si resulta llamativo  –y aquí el motivo de mi intervención- es la postura de ciertos sectores del arco político en donde la tabulación prescrita con anterioridad es tomada como referencia de principio a fin. Quien suscribe entiende que el punto equívoco de esta posición radica en la interpretación errónea que desde el mismo Estado se lleva adelante cuando manifiesta su falta de recursos para cumplir con su faz preventiva y represiva convencional, por lo que resultaría necesario –según esta posición- un reajuste en sus políticas de seguridad en tanto lo que se “tiene en frente” es un enemigo real y altamente peligroso. Lo paradójico de esta posición es que, a la inversa de lo que se supone, un grupo minúsculo de la sociedad ha respondido a la supuesta falta de recursos, en tanto dispositivos de seguridad, desde la acción concreta, despojados de un mínimo quantum de racionalidad institucional. Allí fue que aparecieron los discursos tradicionales que justificaron acabar con el “enemigo” proyectando un horizonte bélico de acción en donde se encasilla perfectamente la demagogia punitiva de los procesos de emergencia. En términos futbolísticos “correr detrás de pelota” más que una falla parece ser una táctica pensada por algunos operadores de una Argentina que no queremos, la de la segregación y la violencia. Por ello, en razón de la memoria histórica que este pueblo ha conseguido durante los últimos años y por nuestra relación estrecha con los procesos sociales conflictivos entiendo que el peor camino, el peor discurso en términos criminológicos, es el que intenta exhibir al Estado como una entidad en emergencia, un Estado indefenso, carente de ideas y de contenidos. Lamentablemente ese camino ya fue recorrido, dejó huellas imborrables en nuestro pasado porque justificó las reacciones más violentas, las intervenciones más despóticas y absurdas, aquellas que negaron el estado de derecho, ese estado de derecho que también se niega con cada linchamiento. 


Ariel Larroude
Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC)
Buenos Aires, 8 de abril de 2014

Programa de Atención Integral a Personas en Conflicto con la Ley y a sus Familiares “Comunidad + Prevención”.

El pasado 19 de Junio de 2012. El intendente de Morón, Lic. Lucas Ghi, junto al gobernador a cargo de la provincia de Buenos Aires, Lic. Gabriel Mariotto, el diputado nacional Martín Sabbatella, y los diputados provinciales Adrián Grana y Marcelo Saín, presentó un Plan Integral de Seguridad Democrática en Morón.

En el marco de esta presentación  Mónica Macha secretaria de Relaciones con la Comunidad y Abordajes Integrales de la comuna destacó que se se impulsarán y acompañarán distintas acciones y políticas tanto de prevención social del delito como de protección de derechos para personas y familias en conflicto con la ley a través del Programa de Atención Integral a Personas en Conflicto con la Ley y a sus Familiares “Comunidad + Prevención”.  




Este programa es llevado adelante  por la Asociación Familiares de Detenidos en Cárceles Federales (ACiFaD) y el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOCen conjunto con el Municipio de Morón desde el año 2011. El mismo está basado en la experiencia que ambas organizaciones vienen realizando desde el 2008. Más información sobre el Programa: Aquí

SISTEMA PENAL VERSUS PREVENCIÓN DEL DELITO


Sistema penal versus prevención del delito
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Datos:

1) Hace más de 15 años que la tasa de encarcelamiento en la Argentina (en general y en cada una de sus provincias) no para de crecer. Esto tiene que ver por un lado con que, aparentemente, se cometen más delitos (o el sistema tiene más acceso a conocer más delitos) que antes. Pero también obedece a que desde 1983 hasta esta parte ha habido más de setenta reformas penales que agravan las penas para distintas conductas.

2) Antes éramos un país con una baja tasa de homicidios dolosos. Y ahora también (entre 5 y 6 cada 100.000 habitantes). Sin embargo, antes éramos un país con una baja tasa de encarcelamiento (113 personas cada 100.000 habitantes) y ahora somos un país con una alta tasa de encarcelamiento (más de 170 personas cada 100.000 habitantes).

3) Cada vez que se reforma un tipo penal agravando su pena, puede hacerse el siguiente ejercicio: calcúlese el número de ese tipo de delitos cometidos en el año anterior a la modificación penal con el número de delitos cometidos los años subsiguientes. Verá que la modificación no ha influido en nada. Si la tasa de ese delito venía bajando, seguirá bajando. Si venía subiendo, seguirá subiendo. Si alguna situación general de ese año produce una suba en todos los delitos similares, crecerá igualmente. Si una situación general produce una baja en todos los delitos similares, bajará.

4) Por otro lado, el sistema penal sólo llega a una resolución definitiva que pueda considerarse “certeza” sobre un hecho en un porcentaje minúsculo (que varía entre el 2 y el 4 % del total de los hechos conocidos por denuncia o por prevención policial). Con lo cual, es más que lógico que una suba en la pena de cualquier delito amedrente poco y nada.

A pesar de que todo esto se sabe, algunos autotitulados expertos siguen vendiendo fórmulas para bajar el delito aumentando la represividad penal (más pena, más policía). Esta es una estrategia que traerá muchas complicaciones a los tribunales y a los servicios penitenciarios (que siempre terminan por ser desbordados), pero que no tiene ningún sobre el control de las conductas del público. Su único efecto es crear la imagen de un experto con valentía y “del lado de la gente”. Pero este efecto de construir una figura de alguien experto y valiente para “combatir” al delito nunca dura más de un par de años, porque, se sabe, resulta ineficaz, y luego de un par de años eso empieza a sentirse.
A pesar de ello, por un particular resorte emocional, seguimos comprando, seguimos depositando nuestras esperanzas de ser menos victimizados en estos sheriff remozados (tal vez sea el efecto de los westerns en nuestra cultura).

Pero eso no es lo peor. Lo peor es que este discurso violento, de tener “cojones” y defender a “la gente” impide reflexionar seriamente sobre la posibilidad de políticas de prevención del delito. Se pide menos delito, nos venden represión, y nos quedamos sin prevención.
Por eso, la venta en el discurso político de que la seguridad frente al delito se puede lograr por medio del sistema penal (algo que, los jueces más experimentados, no importa su ideología saben que es imposible), opera en contra de la formulación de verdaderas políticas de prevención del delito, que van al margen, paralelamente, a lo penal. Le quita atención pública; y por tanto, interés político; y por tanto, presupuesto y factibilidad.



Las propuestas no penales de la prevención.

Para comenzar es necesario dejar en claro que los delitos son cometidos por todas las clases sociales. Es difícil saber si unas más que otras, porque el sistema penal y sus sistemas de percepción de delitos, de recepción de información, están diseñados para enfocarse principalmente en los delitos de las clases bajas, y principalmente en los que afectan a la propiedad (y en segundo lugar, a la vida y a la integridad sexual). Así, resulta imposible saber cuántos y que daño han cometido delitos de cuello blanco, o grandes desfalcos económicos. Resulta difícil saber sobre la prostitución en la clase alta, o los abusos sexuales dentro de las familias decentes y normales.
Pero esto no servirá como excusa para que evadamos justamente el problema: ¿qué pasa con aquellos delitos que sí persigue el sistema penal? ¿podrían ser controlados mejor de otra manera?
Dejando de lado las primeras formulaciones racistas y clasistas de la criminología, que nunca gozaron de prestigio científico y que son fácilmente invalidadas como un discurso que genera una verdad pobre y escueta, atada a los intereses del poder dominante de turno, hay más de cien años de investigación en ciencias sociales sobre la cuestión de la conflictividad, el delito, la desviación, la violencia, etc. Apoyados en varias de estas escuelas se han formulado una amplia gama de propuestas políticas que apuntan a la prevención del delito. Grosso modo podríamos clasificarlas en tres grupos:

1) Prevención social: Supone que hay un problema de fondo que es el contraste entre los más ricos y los que están excluidos del éxito. Esto siempre va a generar conflictividad, sea como forma de intentar obtener la riqueza que por medios legales es inaccesible, sea como forma de reacción (no reflexiva) a un sistema injusto. Esto no explica por qué una persona en la pobreza delinque y otra en su misma situación no, ni explica por qué los pudientes delinquen tanto como los no pudientes (aunque se los vea menos), pero sí da la pauta de un problema generalizado que genera tendencias, que se pueden manifestar de distintas formas. El tipo de delincuencia económica de las clases bajas sí tiene este importante factor de fondo (los otros tipos de delincuencia no), las macrotendencias en este tipo de delitos responden en gran medida a este problema. Por lo tanto, la solución a largo plazo, en líneas generales, es crear las vías para mayor igualdad de oportunidades, abrir las vías económicas y legales para que aquellos que buscan mejorar, puedan hacerlo legalmente. Es decir, la promoción social.
2) Prevención comunitaria: Muchas veces el tipo de emociones que afecta a aquellos que en una situación conflictiva, eligen por delinquir, resulta de que hay pocos estímulos para comportarse de manera “legalmente aceptada” y pocos lazos sociales que los lleven a eso. Por el contrario, se pueden encontrar con mayores estímulos y lazos sociales que los estimulen a delinquir. Esto afectaría principalmente a los jóvenes. La propuesta es entonces, recrear la comunidad. Hacer que el joven integre los valores comunitarios, se sienta integrado positivamente con su entorno, sienta incorporados los valores de cercanía afectiva de sus vecinos, y estos promuevan comportamientos positivamente valorados.
3) Prevención situacional: Es la que enfoca específicamente en la posibilidad de ser victimizados: Propone reducir las oportunidades de ser victimizado. Lo hace uno mismo todo el tiempo al colocar rejas en su casa, al fijarse antes de entrar, al iluminar la vereda, etc.

El lector sagaz ya habrá notado que todas adolecen de terribles limitaciones, cuando no defectos, directamente.

La prevención social puede ser efectiva a largo plazo, pero es muy difícil porque implica todo un cambio estructural económico y general de la sociedad (lo cual se sabe, requiere de un enorme proyecto político, que supera en prioridad la cuestión del delito y genera mucha conflictividad por otros lados). Además no nos dice que hacer en el corto plazo; en el “mientras tanto”, lo cual no resulta admisible para un público ansioso de soluciones.

La prevención comunitaria supone que hay una comunidad en el barrio, con valores dominantes que son aceptables y positivos. O bien que hay que crear esa comunidad. Esto es difícil, aunque no imposible. Se pueden crear instancias que generen comunidad al generar actividades e identidad colectiva (el club, la iglesia, la escuela del barrio, las sociedades de fomento, etc.). Y a mediano plazo se tendrían que ver los resultados (cuando esos jóvenes lleguen a la adultez). Pero si el conflicto social de base persiste, lo más probable es que esta solución fracase. Es decir, si la cultura estimula al éxito y se siguen teniendo pocas posibilidades de lograrlo, el conflicto social estructural seguirá generando conflictividad y delincuencia. Con lo cual esta solución sirve sólo si acompaña y complementa a la anterior.

La prevención situacional es fácil, cotidiana, ya la practicamos, tiene efectos inmediatos, y además, siempre puede ser aumentada… pero… Por un lado no tiene efectos a nivel general, es de efectos localizados: de ser exitosa en un barrio, desplazará la conflictividad hacia otra zona de menor control. Nunca podrá bajar la conflictividad ni la violencia en términos generales, como problema social. Por otro lado, tiende a generar una espiral de inseguridad. Esto quiere decir que mientras más la practiquemos, más la necesitaremos. Si estamos obsesionados con el tema de la inseguridad, la veremos siempre. Si todo el tiempo incorporamos a nuestra vida cotidiana rutinas para cuidarnos del delito, tendremos siempre presente al delito. Lo viviremos como una amenaza permanente. Y paradójicamente, reduzcamos o no la victimización real, en lugar de sentirnos más seguros, nos sentiremos más inseguros, siempre amenazados.


Posibilidad de éxito.

Las tres propuestas pueden ser bien complementadas.
Una prevención situacional acotada y que intente controlar el efecto paradójico de generar inseguridad subjetiva, puede calmar los ánimos para que las políticas de mediano y largo plazo comiencen a trabajar.
La prevención comunitaria también bajará la ansiedad, al reconstituir el sentido de pertenencia colectiva, e hipotéticamente, reestablecerá ciertos “controles sociales informales” de la comunidad sobre el joven, que estimularían al buen comportamiento (esto habría que probarlo). Y darán mayor seguridad subjetiva al hacer sentir al joven que pertenece a su lugar en el mundo, que hay gente que se preocupa por él, y hacer sentir a la comunidad más integrada.
Finalmente la condición decisiva para que a largo plazo ocurra realmente una disminución del delito “común” (aquel que es visible para el sistema penal y la “opinión pública”), es una buena política económica que genere igualdad de oportunidades y promoción social. En la base de las tendencias generales de los delitos callejeros comunes relacionados con el robo (que suelen ser los que más alarman y también de los que más se encarga el sistema penal) siempre hay una relación de proporcionalidad entre desigualdad social y aumento de delitos.

Entonces, si es tan fácil ¿por qué no se hace? Simplemente porque un plan que abarque estos tres frentes sería el proyecto más ambicioso políticamente desde el welfare state. Quiero decir, implica poner a trabajar a toda la estructura social en función de esta transformación. Se requiere mucho tiempo, y mucho capital político para poner esto en marcha, y justamente esto es de lo que carecen las políticas públicas hoy por hoy.
Pensemos solamente en que articular estos tres niveles de políticas implicaría un trabajo coherente y coordinado de la Nación (principalmente encargado de la prevención social), las provincias (con tareas que abarcan la prevención social y la comunitaria), y los municipios (en cuyas competencias hay tareas de prevención comunitaria y situacional).
Y una generación entera, desde la infancia hasta la temprana adultez, es lo que se tomaría en mostrar resultados este plan.
Pensemos también que un único hecho delictivo aberrante y cruel amplificado por la prensa bastaría (y de hecho ocurre) para que gran parte de la sociedad se solidarice emocionalmente con la víctima y pida mayor represión, mayor castigo. Lo cual no afectaría al plan general si no fuera porque los sheriff que venden soluciones mágicas que estos reclamantes compran, lo hacen atacando a los planes de prevención. En sus discursos se lee claramente un mensaje que dice mas o menos así: “hay que dejarse de estas estupideces. Lo que hay que hacer es meterlos presos y que se pudran en la cárcel”. Si este discurso se impone electoralmente (cuando se genera, generalmente triunfa), se tiran a la basura los planes que tanto esfuerzo, dinero y capital político cuestan. Esos mismos recursos serían derivados a armar más a la policía, a hacerla disparar más tiros, y a meter más gente presa, por más tiempo.
Con lo cual, nuevamente, el sistema penal se coloca en contra de las políticas de prevención.

…………….

Desgraciadamente el tono hipotético es sólo de estilo: esto es lo que efectivamente ocurre. Nadie puede darse el lujo político de poner tamaño plan de prevención en marcha (o ni siquiera otros más modestos, pero igualmente lúcidos) para que luego le achaquen el primer muerto y estimulando las emociones más primarias de la opinión pública (a las que la prensa siempre estimula con tal de vender escándalo) lo conviertan en “amigo de los delincuentes” y pierda la posibilidad de continuar con esta (o con ninguna otra) política.
Siendo siempre el presupuesto y el esfuerzo administrativo un recurso escaso, otras inversiones dan mayor rédito político y son menos riesgosas para la imagen.
¿Existe otra salida que intentar volver a establecer el pensamiento reflexivo a este respecto, y, con él la consciencia política del ciudadano que piensa y decide racionalmente antes de dejarse llevar por cómodo y siempre noble sentimiento de indignación moral?

Mariano H. Gutiérrez
abogado - criminólogo

Sistema Penal Versus Prevención del Delito

Sistema penal versus prevención del delito.
Datos:

1) Hace más de 15 años que la tasa de encarcelamiento en la Argentina (en general y en cada una de sus provincias) no para de crecer. Esto tiene que ver por un lado con que, aparentemente, se cometen más delitos (o el sistema tiene más acceso a conocer más delitos) que antes. Pero también obedece a que desde 1983 hasta esta parte ha habido más de setenta reformas penales que agravan las penas para distintas conductas.

2) Antes éramos un país con una baja tasa de homicidios dolosos. Y ahora también (entre 5 y 6 cada 100.000 habitantes). Sin embargo, antes éramos un país con una baja tasa de encarcelamiento (113 personas cada 100.000 habitantes) y ahora somos un país con una alta tasa de encarcelamiento (más de 170 personas cada 100.000 habitantes).

3) Cada vez que se reforma un tipo penal agravando su pena, puede hacerse el siguiente ejercicio: calcúlese el número de ese tipo de delitos cometidos en el año anterior a la modificación penal con el número de delitos cometidos los años subsiguientes. Verá que la modificación no ha influido en nada. Si la tasa de ese delito venía bajando, seguirá bajando. Si venía subiendo, seguirá subiendo. Si alguna situación general de ese año produce una suba en todos los delitos similares, crecerá igualmente. Si una situación general produce una baja en todos los delitos similares, bajará.

4) Por otro lado, el sistema penal sólo llega a una resolución definitiva que pueda considerarse “certeza” sobre un hecho en un porcentaje minúsculo (que varía entre el 2 y el 4 % del total de los hechos conocidos por denuncia o por prevención policial). Con lo cual, es más que lógico que una suba en la pena de cualquier delito amedrente poco y nada.

A pesar de que todo esto se sabe, algunos autotitulados expertos siguen vendiendo fórmulas para bajar el delito aumentando la represividad penal (más pena, más policía). Esta es una estrategia que traerá muchas complicaciones a los tribunales y a los servicios penitenciarios (que siempre terminan por ser desbordados), pero que no tiene ningún sobre el control de las conductas del público. Su único efecto es crear la imagen de un experto con valentía y “del lado de la gente”. Pero este efecto de construir una figura de alguien experto y valiente para “combatir” al delito nunca dura más de un par de años, porque, se sabe, resulta ineficaz, y luego de un par de años eso empieza a sentirse.
A pesar de ello, por un particular resorte emocional, seguimos comprando, seguimos depositando nuestras esperanzas de ser menos victimizados en estos sheriff remozados (tal vez sea el efecto de los westerns en nuestra cultura).

Pero eso no es lo peor. Lo peor es que este discurso violento, de tener “cojones” y defender a “la gente” impide reflexionar seriamente sobre la posibilidad de políticas de prevención del delito. Se pide menos delito, nos venden represión, y nos quedamos sin prevención.
Por eso, la venta en el discurso político de que la seguridad frente al delito se puede lograr por medio del sistema penal (algo que, los jueces más experimentados, no importa su ideología saben que es imposible), opera en contra de la formulación de verdaderas políticas de prevención del delito, que van al margen, paralelamente, a lo penal. Le quita atención pública; y por tanto, interés político; y por tanto, presupuesto y factibilidad.



Las propuestas no penales de la prevención.

Para comenzar es necesario dejar en claro que los delitos son cometidos por todas las clases sociales. Es difícil saber si unas más que otras, porque el sistema penal y sus sistemas de percepción de delitos, de recepción de información, están diseñados para enfocarse principalmente en los delitos de las clases bajas, y principalmente en los que afectan a la propiedad (y en segundo lugar, a la vida y a la integridad sexual). Así, resulta imposible saber cuántos y que daño han cometido delitos de cuello blanco, o grandes desfalcos económicos. Resulta difícil saber sobre la prostitución en la clase alta, o los abusos sexuales dentro de las familias decentes y normales.
Pero esto no servirá como excusa para que evadamos justamente el problema: ¿qué pasa con aquellos delitos que sí persigue el sistema penal? ¿podrían ser controlados mejor de otra manera?
Dejando de lado las primeras formulaciones racistas y clasistas de la criminología, que nunca gozaron de prestigio científico y que son fácilmente invalidadas como un discurso que genera una verdad pobre y escueta, atada a los intereses del poder dominante de turno, hay más de cien años de investigación en ciencias sociales sobre la cuestión de la conflictividad, el delito, la desviación, la violencia, etc. Apoyados en varias de estas escuelas se han formulado una amplia gama de propuestas políticas que apuntan a la prevención del delito. Grosso modo podríamos clasificarlas en tres grupos:

1) Prevención social: Supone que hay un problema de fondo que es el contraste entre los más ricos y los que están excluidos del éxito. Esto siempre va a generar conflictividad, sea como forma de intentar obtener la riqueza que por medios legales es inaccesible, sea como forma de reacción (no reflexiva) a un sistema injusto. Esto no explica por qué una persona en la pobreza delinque y otra en su misma situación no, ni explica por qué los pudientes delinquen tanto como los no pudientes (aunque se los vea menos), pero sí da la pauta de un problema generalizado que genera tendencias, que se pueden manifestar de distintas formas. El tipo de delincuencia económica de las clases bajas sí tiene este importante factor de fondo (los otros tipos de delincuencia no), las macrotendencias en este tipo de delitos responden en gran medida a este problema. Por lo tanto, la solución a largo plazo, en líneas generales, es crear las vías para mayor igualdad de oportunidades, abrir las vías económicas y legales para que aquellos que buscan mejorar, puedan hacerlo legalmente. Es decir, la promoción social.
2) Prevención comunitaria: Muchas veces el tipo de emociones que afecta a aquellos que en una situación conflictiva, eligen por delinquir, resulta de que hay pocos estímulos para comportarse de manera “legalmente aceptada” y pocos lazos sociales que los lleven a eso. Por el contrario, se pueden encontrar con mayores estímulos y lazos sociales que los estimulen a delinquir. Esto afectaría principalmente a los jóvenes. La propuesta es entonces, recrear la comunidad. Hacer que el joven integre los valores comunitarios, se sienta integrado positivamente con su entorno, sienta incorporados los valores de cercanía afectiva de sus vecinos, y estos promuevan comportamientos positivamente valorados.
3) Prevención situacional: Es la que enfoca específicamente en la posibilidad de ser victimizados: Propone reducir las oportunidades de ser victimizado. Lo hace uno mismo todo el tiempo al colocar rejas en su casa, al fijarse antes de entrar, al iluminar la vereda, etc.

El lector sagaz ya habrá notado que todas adolecen de terribles limitaciones, cuando no defectos, directamente.

La prevención social puede ser efectiva a largo plazo, pero es muy difícil porque implica todo un cambio estructural económico y general de la sociedad (lo cual se sabe, requiere de un enorme proyecto político, que supera en prioridad la cuestión del delito y genera mucha conflictividad por otros lados). Además no nos dice que hacer en el corto plazo; en el “mientras tanto”, lo cual no resulta admisible para un público ansioso de soluciones.

La prevención comunitaria supone que hay una comunidad en el barrio, con valores dominantes que son aceptables y positivos. O bien que hay que crear esa comunidad. Esto es difícil, aunque no imposible. Se pueden crear instancias que generen comunidad al generar actividades e identidad colectiva (el club, la iglesia, la escuela del barrio, las sociedades de fomento, etc.). Y a mediano plazo se tendrían que ver los resultados (cuando esos jóvenes lleguen a la adultez). Pero si el conflicto social de base persiste, lo más probable es que esta solución fracase. Es decir, si la cultura estimula al éxito y se siguen teniendo pocas posibilidades de lograrlo, el conflicto social estructural seguirá generando conflictividad y delincuencia. Con lo cual esta solución sirve sólo si acompaña y complementa a la anterior.

La prevención situacional es fácil, cotidiana, ya la practicamos, tiene efectos inmediatos, y además, siempre puede ser aumentada… pero… Por un lado no tiene efectos a nivel general, es de efectos localizados: de ser exitosa en un barrio, desplazará la conflictividad hacia otra zona de menor control. Nunca podrá bajar la conflictividad ni la violencia en términos generales, como problema social. Por otro lado, tiende a generar una espiral de inseguridad. Esto quiere decir que mientras más la practiquemos, más la necesitaremos. Si estamos obsesionados con el tema de la inseguridad, la veremos siempre. Si todo el tiempo incorporamos a nuestra vida cotidiana rutinas para cuidarnos del delito, tendremos siempre presente al delito. Lo viviremos como una amenaza permanente. Y paradójicamente, reduzcamos o no la victimización real, en lugar de sentirnos más seguros, nos sentiremos más inseguros, siempre amenazados.


Posibilidad de éxito.

Las tres propuestas pueden ser bien complementadas.
Una prevención situacional acotada y que intente controlar el efecto paradójico de generar inseguridad subjetiva, puede calmar los ánimos para que las políticas de mediano y largo plazo comiencen a trabajar.
La prevención comunitaria también bajará la ansiedad, al reconstituir el sentido de pertenencia colectiva, e hipotéticamente, reestablecerá ciertos “controles sociales informales” de la comunidad sobre el joven, que estimularían al buen comportamiento (esto habría que probarlo). Y darán mayor seguridad subjetiva al hacer sentir al joven que pertenece a su lugar en el mundo, que hay gente que se preocupa por él, y hacer sentir a la comunidad más integrada.
Finalmente la condición decisiva para que a largo plazo ocurra realmente una disminución del delito “común” (aquel que es visible para el sistema penal y la “opinión pública”), es una buena política económica que genere igualdad de oportunidades y promoción social. En la base de las tendencias generales de los delitos callejeros comunes relacionados con el robo (que suelen ser los que más alarman y también de los que más se encarga el sistema penal) siempre hay una relación de proporcionalidad entre desigualdad social y aumento de delitos.

Entonces, si es tan fácil ¿por qué no se hace? Simplemente porque un plan que abarque estos tres frentes sería el proyecto más ambicioso políticamente desde el welfare state. Quiero decir, implica poner a trabajar a toda la estructura social en función de esta transformación. Se requiere mucho tiempo, y mucho capital político para poner esto en marcha, y justamente esto es de lo que carecen las políticas públicas hoy por hoy.
Pensemos solamente en que articular estos tres niveles de políticas implicaría un trabajo coherente y coordinado de la Nación (principalmente encargado de la prevención social), las provincias (con tareas que abarcan la prevención social y la comunitaria), y los municipios (en cuyas competencias hay tareas de prevención comunitaria y situacional).
Y una generación entera, desde la infancia hasta la temprana adultez, es lo que se tomaría en mostrar resultados este plan.
Pensemos también que un único hecho delictivo aberrante y cruel amplificado por la prensa bastaría (y de hecho ocurre) para que gran parte de la sociedad se solidarice emocionalmente con la víctima y pida mayor represión, mayor castigo. Lo cual no afectaría al plan general si no fuera porque los sheriff que venden soluciones mágicas que estos reclamantes compran, lo hacen atacando a los planes de prevención. En sus discursos se lee claramente un mensaje que dice mas o menos así: “hay que dejarse de estas estupideces. Lo que hay que hacer es meterlos presos y que se pudran en la cárcel”. Si este discurso se impone electoralmente (cuando se genera, generalmente triunfa), se tiran a la basura los planes que tanto esfuerzo, dinero y capital político cuestan. Esos mismos recursos serían derivados a armar más a la policía, a hacerla disparar más tiros, y a meter más gente presa, por más tiempo.
Con lo cual, nuevamente, el sistema penal se coloca en contra de las políticas de prevención.

…………….

Desgraciadamente el tono hipotético es sólo de estilo: esto es lo que efectivamente ocurre. Nadie puede darse el lujo político de poner tamaño plan de prevención en marcha (o ni siquiera otros más modestos, pero igualmente lúcidos) para que luego le achaquen el primer muerto y estimulando las emociones más primarias de la opinión pública (a las que la prensa siempre estimula con tal de vender escándalo) lo conviertan en “amigo de los delincuentes” y pierda la posibilidad de continuar con esta (o con ninguna otra) política.
Siendo siempre el presupuesto y el esfuerzo administrativo un recurso escaso, otras inversiones dan mayor rédito político y son menos riesgosas para la imagen.
¿Existe otra salida que intentar volver a establecer el pensamiento reflexivo a este respecto, y, con él la consciencia política del ciudadano que piensa y decide racionalmente antes de dejarse llevar por cómodo y siempre noble sentimiento de indignación moral?

Mariano H. Gutiérrez
abogado - criminólogo

¿DE QUÉ HABLA STORNELLI?


El nuevo ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Carlos Stornelli, dio inicio a su gestión con un discurso pronunciado en el acto por el “Día de la Policía de la Provincia”, según informó el diario Clarín:

http://www.clarin.com/diario/2007/12/14/policiales/g-05702.htm

Frente a ese auditorio, Stornelli hizo algunas “promesas” como las siguientes:

“Mayor presencia policial preventiva. Nuevas comisarías en función del mapa del delito”

¿Supondrá el ministro que la presencia policial es en sí misma la mejor manera de disminuir el delito? ¿Qué tipo de delito se propone combatir? ¿Sabe el ministro a qué personas suele perseguir la policía, por portación de cara, de aspecto, de edad, de costumbres? ¿Sabe que, según una investigación realizada por el CEPOC con los ingresantes de la Pol 2, la mitad de ellos dijo estar de acuerdo con la pena de muerte, un cuarto justificó el uso de la tortura, y cuando se les preguntó cómo definen a un “delincuente”, describieron a un varón jóven, de tez oscura, sin estudios y con una familia desintegrada? ¿Es decir, que describieron un estereotipo, y será a esos jóvenes a los que la policía bonaerense irá a buscar?

“Mayor logística. Mejorar la potencia de fuego de la Policía”

¿Qué quiere el ministro? ¿Más muertes en tiroteos policiales, provocados por la impericia de los efectivos, y la desesperación de quienes saben que si no matan, mueren? ¿Más muertes de personas que están allí, en la calle, en un negocio, en un ciber, en un restaurante y caen fulminadas por balas disparadas sin sentido, para matar, y matan?

Después de los fusilamientos de Budge sucedidos hace veinte años, -cuando una comisión policial asesinó a tres jóvenes que respondían al estereotipo del delincuente: eran jóvenes, eran morochos, estaban en la calle tomando cerveza- se acuñó una expresión que no necesita explicación: “gatillo fácil”. Con el poder de fuego que tuvo hasta ahora, solo en el año 2007, y conforme nuestros registros -parciales, y con información no oficial- la policía produjo cinco muertes violentas. Una de ellas, la de Darián Barzabal, un adolescente de 17 años asesinado en un patrullero policial de la Comisaría 3º de Los Hornos, La Plata, el 10 de enero. Nada dijo Stornelli sobre Darián. No dijo, por ejemplo “No permitiremos otro Darián”, o “La vida de todas las personas vale más que cualquier otra cosa, incluida, por supuesto, la vida de las personas que cometen delitos”.

No solo no dijo esto, sino que dijo: “No queremos más familias desmembradas a causa de muertes absurdas ocasionadas por delincuentes incorregibles”.

El ministro Stornelli fue fiscal hasta hace pocos días. ¿Qué significa que el ex fiscal y hoy jefe político de la bonaerense diga que hay delincuentes incorregibles? Más allá de lo que él crea, parece una carta blanca para deshacerse de ellos. Si no se van a corregir, ¿Para qué gastar presupuesto en detenerlos vivos, llevarlos a juicio, y si hay condena a prisión, encerrarlos en la cárcel? Mejor, más rápido y expeditivo, utilizar el mayor poder de fuego, y eliminarlos de una vez.

Por último, el ministro Stornelli dijo “Necesitamos eliminar los muros artificiales y la impropia desconfianza que existe entre la Policía y la comunidad. La Policía debe ser la sociedad, y la sociedad, la Policía.”

Pocas veces, un estado policial fue definido con tanta precisión por un funcionario público.

Buenos Aires, 17 de diciembre de 2007

Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC)

Contacto: 15-4404-5299

LA Inseguridad

Sobre la alarma, el alarmismo y algunos datos

Informa el Diario Clarín del lunes 19 de noviembre que según una encuesta del Centro de Estudios en Opinión Pública (CEOP) la “inseguridad” es ahora el principal reclamo de la mayoría de los argentinos (aunque no queda claro si lo es para el 59% o para el 73%).

Por supuesto, cuando se utiliza la palabra inseguridad en esta forma, se hace referencia exclusivamente al miedo de ser víctima de un delito callejero. No se refiere ni a la posibilidad de ser víctima de un gran delito económico organizado, o a la violencia familiar, o a la posibilidad de perder una prestación social, o el trabajo. LA inseguridad.

Todo parece indicar, entonces, que la inseguridad entendida como posibilidad de ser víctima de un delito callejero está peor ahora que antes. Se citan cifras que alarmarían a cualquiera (¡2000 homicidios dolosos por año!).

Es cierto que se carece en la actualidad de ningún plan integral de política criminal. No lo hay. Pero también es innegablemente cierto que el número de hechos de violencia interpersonal (robos, homicidios, ataques) que se puede medir se encuentra en leve descenso desde hace al menos tres años.
Sin embargo la encuesta no engaña: LA inseguridad es ahora la principal preocupación. Pero el informe hasta podría leerse de forma positiva, pues la encuesta mide términos relativos y arroja proporciones. Es decir, mide, del total de las preocupaciones de la opinión pública, cuánto pesa cada una. Entonces, la inseguridad ocupa un mayor espacio en las preocupaciones porque las otras (la educación, la desocupación y la atención en salud) han disminuido. Podría afirmarse: “la gente entiende que ahora es menos preocupante el estado de la salud, la educación y el desempleo”

Pero hablemos de inseguridad sin embarrar la cancha. De LA inseguridad.
Señala la nota que ¡hay nada menos que 2000 homicidios dolosos por año! Y esto lo confirman las estadísticas oficiales. Los homicidios dolosos, justamente, son la estadística más fiable. Es muy difícil que un homicidio quede sin reportar, sin denunciar o provocar al menos una intervención policial por “averiguación de causales de muerte”. No es una estadística fácil de falsear.

2000 homicidios parecen muchos. Pero midiendo los casos que cayeron bajo conocimiento del total de las fuerzas de seguridad de todo el país en los últimos años los homicidios dolosos pasaron de un pico de 3453 en el año 2002, a 2876 en el año 2003, 2259 en el año 2004 y 2115 en el año 2005.

Es estrictamente cierto que hay 2000 homicidios por año. Pero ¿acaso sirve de algo saber eso si no se informa que los años anteriores fueron más y no menos? Y que comparados con otros países la tasa de homicidios nos coloca como un país relativamente pacífico: 7,2 cada 100.000 habitantes (bastante mejor que todos los países grandes de Latinoamérica salvo Chile). Y dentro de las grandes urbes, los porteños rankeamos bastante bien: 5 cada 100.000 (parecido a París y lejos de los 50 de Washington D.C., 41 de Río de Janeiro y 20 de Ciudad de México).

Los totales de los delitos contra la propiedad muestran la misma curva. Crecen durante los 90, pegan un salto de 782.784 en el año 2001, a 936.864 en el año 2002, y luego bajan nuevamente hasta 739.250 en el año 2005.

Desde los años 90 hasta el 2001 todos los delitos registrados relacionados con la violencia interpersonal en la calle y contra la propiedad han mostrado una curva de crecimiento cuyo pico se registra en el año 2002. Fue en esta décadas que cambiaron las escalas definitivamente ¿Hace falta recordar qué ocurría en este período? Los procesos de producción de desigualdad social, desempleo y todos los efectos desgarradores del tejido social que esto trae aparejado, siempre se ven acompañados por fuertes crecimientos de los delitos de robo callejero y violencia interpersonal. Sin embargo, desde que el proceso de ruptura se frenó en el año 2003 y comenzaron a darse algunos tibios indicios de mejora en lo económico y social, las cifras de este tipo de delito han ido decayendo muy levemente.

La nota no dice que estemos peor que unos años antes. Pero da lugar a malentendidos al no contextualizar las cifras alarmantes. Lo que definitivamente no es cierto es que no haya información libre sobre este punto, como se dice. Las estadísticas están a disposición de cualquiera en el sito “wwwpolcrim.jus.gov.ar” y son de fácil acceso.

Estas curvas del delito violento de estos pocos años no llegan a revertir, ni mucho menos, la pendiente ascendiente de los años 90. Así como tampoco las mejoras en la economía pueden hacer volver al país de los 80. Pero sí significan una tendencia que debería ser informada, si la intención no fuera más que el alarmismo.

Por supuesto, si se producen entre 3000 y 2000 homicidios por año y entre 730.000 y 750.000 robos, siempre va a haber hechos para espantarse y ponerlos en las noticias y los diarios de todo el país. Pero creemos que es deber del comunicador social dar los datos para poder “leer” esas cifras tan alarmantes y no ayudar a que se siga embarrando la cancha.

Empezamos diciendo que podía ser leído como positivo que gran cantidad de gente ahora ya no cree que los problemas en la salud en la educación y la desocupación, sean tan graves. Terminamos afirmando lo contrario. Eso es, justamente, lo preocupante. Que “la gente” supuestamente haya olvidado la urgencia de seguir mejorando estos puntos. En primer lugar, porque las cuestiones del desempleo, la salud y la educación siguen siendo déficit que merecen urgente atención, y cuyas víctimas no sólo se miden en muertes y sufrimientos actuales, sino futuros, y tan dispersos e incontables que es imposible medir. En segundo lugar porque ellas son las condiciones de “LA inseguridad” tal como se la concibe ahora. “LA inseguridad” es el chivo expiatorio (o la cortina de humo), que para un lado u otro, desplaza la atención de la problemática de fondo a la que está atada irremediablemente.

Probablemente, entonces, si en algún momento del país hay mejoras económicas (independientemente del problema de a quién le corresponde ese mérito) y se frene el proceso de creación de desigualdad, se sientan sus efectos positivos en los campos de “educación”, “salud” y “desempleo” mucho antes que en “seguridad”. Y por eso es lógico que haya pasado ésta al frente como preocupación, y las otras hayan descendido. Tomará mucho tiempo revertir los efectos de un tejido social quebrado y un mercado que se enriquece con el desempleo masivo. La violencia interpersonal no es un problema que acompañe los vaivenes del mercado automáticamente. Más bien, estos cambios generan impactos en las posibilidades económicas y en el mundo laboral, y, todo ello conjuntamente, en las condiciones culturales y en las formas de socialización. Todo esto influye y de maneras complejas.

No hay plan de política criminal que pueda revertir un proceso de descomposición social, su utilidad se limita a dar coherencia y racionalidad a las respuestas del Estado frente a los ilegalismos y los delitos. Cualquier proceso de reducción la violencia interpersonal sólo será posible con la producción de igualdad de oportunidades como garantía y telón de fondo. Está será siempre una condición necesaria.

Buenos Aires, 20 de Noviembre de 2007

Mariano Gutiérrez
Área de Estudios Criminológicos del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC)

Contacto:
15-5653-5380